lunes, 13 de enero de 2014

SOLO ÉL PUEDE HACER DE NOSOTROS VERDADEROS HIJOS DE DIOS



SOLO ÉL PUEDE HACER DE NOSOTROS VERDADEROS HIJOS DE DIOS

 Las almas se apegan a la porción de Verdad que les conviene, suponiendo que el resto puede ser descartada, con lo que demuestran que no aman a Dios, sino que se aman-adoran a sí mismas y que quieren usar a Dios.

 Las almas son desamoradas, desinteresadas, simplemente porque se hallan encerradas en sí mismas, se han enterrado en el abismo de su orgullo y egolatría, no amaron, no aman, ni les interesa hacerlo.

 No aman ni a Dios, se alzan soberbias, arrogantes, plenamente convencidas de sus delirios de soberbia y grandeza, solo escuchan lo que quieren escuchar, esas limosnas de adulaciones que reclaman al mundo.

 Tan preocupadas por si andan que se vuelven totalmente ajenas a la realidad, y esto se debe a que se hunden, abisman, encierran, entierran, se meten en sí mismas y se vuelven indiferentes a todo y todos.

 Solo y siempre piensan en sí mismas, con exclusividad egoísta y desesperada, quieren convencerse de que son algo grande, importante, casi divino, entonces, solo escuchan las alabanzas que suponen que vendrían a ser una confirmación de ello.

 Están buscando aceptación y reconocimiento para sus delirios, fantasías, para esa evasión de sí que realizan, una verdadera enajenación infernal, la clara expresión de sus caprichos malditos y resentidos, odiosos y perversos.

 Caprichosa y ambiciosamente desean ser adoradas, ambicionan lo que le corresponde a Dios, demuestran ser como satanás, unas envidiosas que harían cualquier cosa por obtener satisfacción para sus ansias de satisfacción.

 La adoración corresponde a Dios, es de Él, tomemos su ejemplo, no exige ser adorado, acepta la adoración voluntaria y generosa de las almas que ante Él se inclinan, aquellas que se postran en su Divina Presencia ofreciendo un Santo Sacrificio de sí.

 Nos postramos ante Dios ofreciendo un Santo Sacrificio de nosotros mismos cuando renunciamos a la propia voluntad para buscar y aceptar la Voluntad de Dios.

 Adoramos a Dios verdadera y espiritualmente cuando dejamos de adorarnos a nosotros mismos, es decir, cuando llegamos a realizar un real y total sacrificio de nosotros mismos.

 Esto solo puede ocurrir cuando renunciamos a la propia voluntad para aceptar la Voluntad de Dios, permitiéndole de esta manera al Señor que crucifique nuestro ser viejo y haga surgir un ser nuevo completamente unido a Él, es decir, solo El Señor puede hacer de nosotros verdaderos hijos de Dios.

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